Nuestro romance con el Señor
En términos humanos,
siempre pensamos de manera religiosa que Dios es el Todopoderoso, por lo cual nos sentimos constreñidos a adorarlo.
Pero díganme los hermanos casados, ¿es eso lo que esperan de sus esposas? Supongamos que su esposa tuviera el
concepto de que usted es un ser enorme, un gigante, y por eso se le acercara con una actitud de adoración, inclinándose y
arrodillándose para adorarlo. ¿Qué le diría usted? Seguramente le diría: “Querida esposa, no hagas tonterías. No necesito a
alguien que me adore de esa manera, sino a una querida esposa que me abrace y me bese. Si tan sólo me dieras un besito,
me elevaría por el aire”. Ciertamente nuestro Dios es el Dios todopoderoso, y nosotros Sus criaturas debemos adorarlo;
muchos versículos de la Biblia nos hablan de esta clase de adoración a Dios. Sin embargo, ¿nunca ha leído en los libros de
Isaías, Jeremías, Ezequiel y Oseas, que Dios desea ser un esposo?
En la antigüedad el pueblo de Dios edificó el templo y
estableció un sistema de adoración que incluía el sacerdocio y los sacrificios. Cierto día Dios intervino y habló por medio
del profeta Isaías, diciendo: “Estoy cansado de esto. Estoy agotado de sus sacrificios. Quiero su amor. Yo soy su Esposo y
ustedes deben ser Mi esposa. Deseo tener una vida matrimonial. Estoy solo, los necesito. Los necesito a ustedes Mi pueblo
escogido, para que sean Mi esposa”.
El Cantar de los Cantares es mucho más que un romance; es un romance maravilloso ... el cual habla de dos personas
enamoradas ... En El Cantar de los Cantares vemos a una mujer que está enamorada de un hombre y exclamando: “¡Que
me bese con los besos de su boca! De esto tengo sed”. Inmediatamente su amado se le acerca, y ella deja de hablar acerca
de su amado y empieza a dirigirse directamente a él (1:2-3): “Tu nombre es dulce y mejores son tus amores que el vino.
Atráeme, amado mío. No me des enseñanzas, atráeme hacia Ti. No necesito un pastor ni un predicador; no necesito a un
anciano ni a un apóstol; necesito que me atraigas. Atráeme; en pos de ti correremos”. ¡Qué romance! (Estudio-vida de
Romanos, págs. 1-4)
